En el mundo de la fotografía podríamos definir temperatura de color como el predominio de unos colores sobre otros en la luz, de modo que altera el color blanco hacia el rojo o hacia el azul. La luz se compone de todos los colores del espectro visible. Ocurre entonces que la luz sin alteración es blanca, es decir, todos los colores del espectro están equilibrados, desde el muy azul, hasta el muy rojo, pasando por verde, naranja, amarillo y todas las tonalidades. Si se agrega un elemento que altere esto, los colores dejan de estar equilibrados y empiezan a predominar unos sobre otros. 
¿Cómo se puede alterar?
¿No te ha pasado que al tomar una foto la misma te queda amarillenta? Es porque la has tomado seguramente en un interior iluminado con una bombilla de tungsteno. Si en tal caso reemplazas la bombilla por, por ejemplo, candela, la fotografía quedaría más amarilla, naranja o llegando a predominar el rojo. Allí se ha alterado la temperatura de color artificialmente.

Ahora bien, en la naturaleza normalmente la temperatura de color también se ve alterada durante el día sutilmente, según el momento en que nos encontremos y las condiciones atmosféricas. Suele ser de color rosa por la mañana, amarillenta a primera hora de la tarde, anaranjada en la puesta de sol y azulada al caer la noche.
En la foto principal de arriba puedes ver el efecto de la temperatura de color en diferentes fotografía del mismo objetivo.

Se mide en Kelvin. El valor ideal es de 5500K, que correspondería a una luz diurna perfecta. Abajo puedes apreciar una representación aproximada de la temperatura de color. Como ya mencionamos, para días nublados, la temperatura del color sube y tienda al azul hasta los 12.000K, mientras que en el interior de una casa con iluminación artificial esa temperatura baja a unos 2.500K y tiende al rojo.
Luego, en alguna próxima entrada explicaremos cómo se puede corregir la temperatura de color inclusive con cámaras compactas.

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